Cómo olvidar esa Navidad, en la que cuatro hermosas "mujercitas" se quejaban por no recibir regalos materiales, deseando ser ricas para tener aquellos obsequios que, si bien seguro serían divertidos, no les ayudarían mucho en sus vidas.
—¡Pero cómo! —decía la señora March, su madre (que se parecía mucho a la suya).
—¡Pequeñas mías, vosotras sois ricas! Este año fue un gran regalo de la vida. Hacer memoria de todo el aprendizaje y de este gran don —decía la señora March mientras observaba a sus cuatro hijas.
Todas se miraban unas a otras, como si fueran un acertijo para una historia. Lo diría Jo, la nueva Shakespeare, o eso le decía aquel joven solitario que resultó ser un gran amigo, o como este servidor le llama: ¡un caballero!
—Pues tenéis un techo sobre vuestras cabezas, un plato de comida caliente tres veces al día, la protección y el amor incondicional de vuestra madre y vuestro señor padre, aunque él esté en el frente. No deja de pensar en sus "mujercitas" —les decía la señora March intentando resolver el “acertijo” que había entrado en ellas.
Las mujercitas se miraban entre sí.
Meg decía que en este año había aprendido muchas cosas:
A ver que el trabajo es bueno para la salud y que todo se hace con el mismo nivel; no podemos solo divertirnos o solo trabajar, porque al final sería un desastre… aprendí a cocinar mejor, a diferenciar la sal de el azúcar.
—¿Mamá, mis platos están más deliciosos ahora, ¿verdad? —preguntó Meg a la señora March.
La señora March exclama:
—La práctica te ha hecho una gran experta, hija mía.
La señora March sonrió al ver cómo su hija se había perfeccionado con la práctica y la perseverancia. Al no darse por vencida, logró que, al comienzo, poca gente comiera sus platos, que ahora eran los más pedidos de todo el pueblo. Su padre estaría orgulloso de ver cómo sus manos delicadas pasaron a ser manos callosas, fruto del esfuerzo y la perseverancia de su pequeña Meg.
Jo le decía con alegría que este año estaba consiguiendo dominar su ego y sus ataques de ira.
—Los mejores elogios que he recibido por mis escritos han sido de mi madre y de mi familia, cuando mis cuentos fueron publicados en el periódico.
En medio de la conversación, apareció “Teddy”, así llamaba de cariño Jo a Laurence.
—Yo tengo que agradecerte a ti, Jo, porque tú diste el primer paso al hacerme compañía, a un joven que solo veía el mundo pasar por su ventana. Pero como buena aventurera, entraste en esa gran casa y todo cambió. Gracias a ello, conocí a estas mujercitas que son mis amigas, a la señora March, a Hannah y a muchas personas más.
Jo soltó unas lágrimas al escuchar eso.
La señora March, al ver su emoción, recordó lo que le había dicho a Jo sobre las aventuras y la vida.
—Las mejores aventuras están afuera y no en un cuarto encerrado. Mi pequeña Jo hizo un acto tan hermoso al no dejarse llevar por el miedo y darle un abrazo a un joven; nunca viene mal. Poder controlar tus instintos es el camino a la adultez. Su padre al verla ya no vería a la niña de pelo largo y rabioso, más bien vería a una joven con pelo corto que comparte su felicidad con todos. Y gracias a ella, sacó a ese muchacho a la aventura que llamamos vida.
—¿Y yo, mamá? También este año he logrado ser muy fuerte —decía la pequeña Beth, jalando el vestido de la señora March.
La pequeña Beth, suspirando, dijo:
—¿Recuerdan que pasé una temporada en cama? Aún me cuesta ponerme en pie, pero lo estoy consiguiendo, más por ustedes, el piano y mi amigo, el caballero viejo —así le llamaba Beth al abuelo de Teddy, el señor Laurence.
De repente, “el caballero viejo” hizo su entrada, quitándose el sombrero como un gran hombre de honor. Cogió a Beth de las mejillas cariñosamente. Ella sabía que le recordaba a su pequeña nieta, ya con el buen señor en el cielo.
—¡Les traje un regalo! —decía el caballero viejo.
Todas se miraron entre ellas.
—¿Cuál regalo y por qué? —preguntó Beth.
El caballero viejo, poniendo a Beth sobre sus hombros, dijo:
—Por haberme brindado vuestra amistad a mí y a mi nieto, por hacerme entender que no es bueno la sobreprotección y por contar conmigo en los malos tiempos. Por compartir vuestra felicidad y por dejarme ver en ti a mi pequeña que ya mora con el buen señor.
Al decir esto, Beth le dio un beso desde los hombros de su amigo, ¡su fiel caballero viejo!
Pero de repente...
—¿Eh, y yo qué? Yo también quiero contar algo —decía la pequeña Amy, algo molesta y con toda la razón del mundo.
—Cuenta, cariño —decía la señora March a la pequeña Amy.
—Este año para mí ha sido más hermoso. He mejorado la costura y me he acercado más a Dios. Él hizo muchos milagros y es bueno. Más milagro fue sacarle una sonrisa a la vieja tía March.
Todos rieron y aplaudieron esas palabras pícaras de la pequeña Amy.
De repente, la puerta se abrió. Entraron dos hombres, uno demasiado abrigado y otro no tanto, y una voz de alegría dijo:
—¡John, es mi John!
Lo decía Meg, que dio un brinco para abrazar al joven muchacho, a “su John”.
—Vaya, hija mía. ¡Ya eres una mujer! Tengo que aceptar que ni aun poniéndote una maceta en la cabeza dejarás de crecer.
Lo decía una voz desde debajo de esos abrigos, pero al sacarse todo el abrigo de encima, las mujercitas gritaron al unísono:
—¡Papá, es papá!
—Vaya, mi regalo ha llegado —decía el caballero viejo con una sonrisa.
La señora March, entre lágrimas, dijo que era hora de cenar. Hannah ya lo tenía listo, y la tía March esperaba.
(Dejó libre albedrío a la imaginación del lector sobre lo que sucedió esa noche. Yo tengo la mía y quedé maravillado de tanta felicidad).
Louisa, espero que te lleves muy bien con mis "amigos" en el bar “Mexico City”, en ese puerto holandés.

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