**Libre**
Otto, ayer soñé con ir en tren; sí, el que no para aquí, el que va a Berlín, al Berlín libre, donde puedo expresar mis pensamientos sin rendir pleitesía al camarada supremo o a alguna ideología.
—Peter, seguro has bebido mucho. Venga, mañana hay guardia y nos toca custodiar el muro...
¿Dónde se metió Peter? Cuando me desperté, no estaba en su cama...
—¡Desertor, desertor! ¡Está pasando el alambre de púas, dispárale, Otto!
—¿Peter? ¿Qué haces ahí? ¡Vuelve, no seas tonto!
—Otto, quiero ver esa Berlín libre.
—Vamos, Peter, vuelve, por favor, perdóname por esto, Peter.
Otto disparó en la pierna de Peter, quien se enganchó al caer en el alambre de púas y logró ponerse de pie, erguido, y continuó.
—Peter, vuelve, déjalo, por favor.
Otto no paraba de respirar aceleradamente, sin saber qué hacer.
—¡Imbécil! ¿Por qué no matas a ese traidor? ¡Quítate!
Su comandante empujó a Otto y, con el arma de este, disparó a Peter.
—¿Qué pasa? ¿Son disparos? Seguro será otro que pretende escapar del "paraíso socialista", —respondieron dos hombres, indiferentes a lo que ocurría, más atentos a su partida de ajedrez.
—¡Pero hagan algo!
Lo decía una señorita, de alrededor de 20 años, con mucha desesperación e impotencia al ver que la gente prefería mirar hacia otro lado.
—¿Qué pasa aquí? ¡Eh, Richard, vuelve aquí!
El soldado se acercó a la señorita, quien le dijo que habían disparado a alguien. Sin pensarlo dos veces, él empezó a escalar el muro.
—¡Traidor!
El comandante supremo se percató del joven soldado.
—¡Llamar a todos! ¡Nos atacan, nos atacan!
Gritaba el comandante supremo.
—¡Baja de ahí, Richard!
—Pero, señor, ¡este joven está vivo! ¡Podemos salvarlo!
—¡Vamos, cerdo fascista, toca la "zona muerta"! ¡Vamos!
Le incitaba el comandante comunista.
—¡Que bajes!
—Tú, el del otro lado, podrías ahorrarte lo de "cerdo fascista".
—Escucha bien, Richard: si te dejo ayudar a ese muchacho, ellos te dispararán, y yo daré la orden a los chicos igual. Obviamente, habrá muchos heridos y muertos, y mis superiores me pedirán una explicación por haber ordenado el ataque. Entonces les diré que fue para ayudar a un joven, y ellos me responderán con voz prepotente: "¿POR QUÉ NO LE DEJASTE MORIR?"
Hijo, haz lo que yo hago siempre cuando pasa este tipo de situaciones: mirar hacia otro lado.
El soldado vio que no solo era su superior, sino que la gente común también miraba hacia otro lado.
—¡Por favor, ayuden a ese chico! ¡Estoy escuchándolo quejarse, por favor!
Le decía la joven berlinesa entre lágrimas. Pero al ver que hasta el joven soldado optaba por mirar hacia otro lado, empezó a sentir la misma impotencia que Otto al observar a Peter revolcarse mientras su comandante no paraba de gritarle: “¡Traidor!”
La voz de Peter se apagó en minutos. La última expresión de su rostro fue una sonrisa, seguramente soñando con una Alemania sin muros y democrática.
La joven berlinesa, al darse cuenta de que ya no se escuchaba la voz de Peter, comenzó a golpear el muro con sus manos, aunque estas empezaron a sangrar; sin embargo, el dolor no le importó, seguía golpeándolo y gritando: “¡Maldigo a todas las ideologías que han contaminado al ser humano!”
Días después, por presión internacional, recogieron el cuerpo de Peter. El encargado de hacerlo fue Otto. (Dedico esta historia a los amantes de la libertad y por una sociedad igualitaria).

