domingo, 24 de enero de 2021

Al iluminado Horus

 


¡Oh Horus!  

¡Oh Horus!  

¡Oh Horus!  


Hijo de los dioses Osiris e Isis,  

donde todos los egipcios te veneran por haberles enseñado cosas sagradas,  

dando mensajes como aquellos que llegaron antes y después de ti.  

Luchando contra los hombres con cabeza de cocodrilo,  

y glorificando a los hombres con cabeza de león y fénix.  


¡Oh Horus!  

¡Oh Horus!  

¡Oh Horus!  


Tu gloria fue tal que incluso los griegos te llamaron su dios, bajo el nombre de Apolo.  

Tan inmensa fue tu gloria que, al morir ellos, realizan rituales de protección en los que tú los proteges.  

Tal es tu iluminación que, en el otro mundo, aquellos que tienen tu sello son guiados hacia la iluminación,  

aunque son apartados de los demás por poseer tu distintivo.  

Eres un gran digno de ser llamado Iluminado.  


¡Oh Horus!  

¡Oh Horus!  

¡Oh Horus!  


Con tu ojo, el mal se devora a sí mismo; las tinieblas se rasgan,  

así mismas, por miedo a tu luz, que emana de tu ojo, el sol.  

Oh, hijo de los dioses Osiris e Isis,  

mas al ver a tu madre, la diosa Isis, llorar sobre el sarcófago de su hermano y amado Osiris;  

mas al ver que el dios Seth tomaba el trono que le pertenecía a tu padre,  

decidiste luchar contra él,  

y así estalló la batalla de los dioses,  

donde derrotaste a Seth, aunque este te extirpó un ojo,  

donde uno representaba el sol y el otro la luna.  


¡Oh Horus!  

¡Oh Horus!  

¡Oh Horus!  


¡Mas te glorifico por ser uno de mis hermanos mayores!  

Así llamamos a los sagrados iluminados,  

que, como voz, están cerca del Todo.  

Porque el universo es la mente del Todo,  

porque nada está fuera del Todo:  

Horus, Shiva, Buda, Jesús, Hermes, al que llamamos ¡el tres veces maestro!,  

entre otros.  


Guíanos hacia ellos, más allá de los hermanos mayores,  

¡más cerca del Todo!

viernes, 22 de enero de 2021

A las Mujercitas

Cómo olvidar esa Navidad, en la que cuatro hermosas "mujercitas" se quejaban por no recibir regalos materiales, deseando ser ricas para tener aquellos obsequios que, si bien seguro serían divertidos, no les ayudarían mucho en sus vidas.


—¡Pero cómo! —decía la señora March, su madre (que se parecía mucho a la suya).


—¡Pequeñas mías, vosotras sois ricas! Este año fue un gran regalo de la vida. Hacer memoria de todo el aprendizaje y de este gran don —decía la señora March mientras observaba a sus cuatro hijas.


Todas se miraban unas a otras, como si fueran un acertijo para una historia. Lo diría Jo, la nueva Shakespeare, o eso le decía aquel joven solitario que resultó ser un gran amigo, o como este servidor le llama: ¡un caballero!


—Pues tenéis un techo sobre vuestras cabezas, un plato de comida caliente tres veces al día, la protección y el amor incondicional de vuestra madre y vuestro señor padre, aunque él esté en el frente. No deja de pensar en sus "mujercitas" —les decía la señora March intentando resolver el “acertijo” que había entrado en ellas.


Las mujercitas se miraban entre sí.


Meg decía que en este año había aprendido muchas cosas:


A ver que el trabajo es bueno para la salud y que todo se hace con el mismo nivel; no podemos solo divertirnos o solo trabajar, porque al final sería un desastre… aprendí a cocinar mejor, a diferenciar la sal de el azúcar.


—¿Mamá, mis platos están más deliciosos ahora, ¿verdad? —preguntó Meg a la señora March.


La señora March exclama:


—La práctica te ha hecho una gran experta, hija mía.


La señora March sonrió al ver cómo su hija se había perfeccionado con la práctica y la perseverancia. Al no darse por vencida, logró que, al comienzo, poca gente comiera sus platos, que ahora eran los más pedidos de todo el pueblo. Su padre estaría orgulloso de ver cómo sus manos delicadas pasaron a ser manos callosas, fruto del esfuerzo y la perseverancia de su pequeña Meg.


Jo le decía con alegría que este año estaba consiguiendo dominar su ego y sus ataques de ira.


—Los mejores elogios que he recibido por mis escritos han sido de mi madre y de mi familia, cuando mis cuentos fueron publicados en el periódico.


En medio de la conversación, apareció “Teddy”, así llamaba de cariño Jo a Laurence.


—Yo tengo que agradecerte a ti, Jo, porque tú diste el primer paso al hacerme compañía, a un joven que solo veía el mundo pasar por su ventana. Pero como buena aventurera, entraste en esa gran casa y todo cambió. Gracias a ello, conocí a estas mujercitas que son mis amigas, a la señora March, a Hannah y a muchas personas más.


Jo soltó unas lágrimas al escuchar eso.


La señora March, al ver su emoción, recordó lo que le había dicho a Jo sobre las aventuras y la vida.


—Las mejores aventuras están afuera y no en un cuarto encerrado. Mi pequeña Jo hizo un acto tan hermoso al no dejarse llevar por el miedo y darle un abrazo a un joven; nunca viene mal. Poder controlar tus instintos es el camino a la adultez. Su padre al verla ya no vería a la niña de pelo largo y rabioso, más bien vería a una joven con pelo corto que comparte su felicidad con todos. Y gracias a ella, sacó a ese muchacho a la aventura que llamamos vida.


—¿Y yo, mamá? También este año he logrado ser muy fuerte —decía la pequeña Beth, jalando el vestido de la señora March.


La pequeña Beth, suspirando, dijo:


—¿Recuerdan que pasé una temporada en cama? Aún me cuesta ponerme en pie, pero lo estoy consiguiendo, más por ustedes, el piano y mi amigo, el caballero viejo —así le llamaba Beth al abuelo de Teddy, el señor Laurence.


De repente, “el caballero viejo” hizo su entrada, quitándose el sombrero como un gran hombre de honor. Cogió a Beth de las mejillas cariñosamente. Ella sabía que le recordaba a su pequeña nieta, ya con el buen señor en el cielo.


—¡Les traje un regalo! —decía el caballero viejo.


Todas se miraron entre ellas.


—¿Cuál regalo y por qué? —preguntó Beth.


El caballero viejo, poniendo a Beth sobre sus hombros, dijo:


—Por haberme brindado vuestra amistad a mí y a mi nieto, por hacerme entender que no es bueno la sobreprotección y por contar conmigo en los malos tiempos. Por compartir vuestra felicidad y por dejarme ver en ti a mi pequeña que ya mora con el buen señor.


Al decir esto, Beth le dio un beso desde los hombros de su amigo, ¡su fiel caballero viejo!


Pero de repente...


—¿Eh, y yo qué? Yo también quiero contar algo —decía la pequeña Amy, algo molesta y con toda la razón del mundo.


—Cuenta, cariño —decía la señora March a la pequeña Amy.


—Este año para mí ha sido más hermoso. He mejorado la costura y me he acercado más a Dios. Él hizo muchos milagros y es bueno. Más milagro fue sacarle una sonrisa a la vieja tía March.


Todos rieron y aplaudieron esas palabras pícaras de la pequeña Amy.


De repente, la puerta se abrió. Entraron dos hombres, uno demasiado abrigado y otro no tanto, y una voz de alegría dijo:


—¡John, es mi John!


Lo decía Meg, que dio un brinco para abrazar al joven muchacho, a “su John”.


—Vaya, hija mía. ¡Ya eres una mujer! Tengo que aceptar que ni aun poniéndote una maceta en la cabeza dejarás de crecer.


Lo decía una voz desde debajo de esos abrigos, pero al sacarse todo el abrigo de encima, las mujercitas gritaron al unísono:


—¡Papá, es papá!


—Vaya, mi regalo ha llegado —decía el caballero viejo con una sonrisa.


La señora March, entre lágrimas, dijo que era hora de cenar. Hannah ya lo tenía listo, y la tía March esperaba.


(Dejó libre albedrío a la imaginación del lector sobre lo que sucedió esa noche. Yo tengo la mía y quedé maravillado de tanta felicidad).


Louisa, espero que te lleves muy bien con mis "amigos" en el bar “Mexico City”, en ese puerto holandés.



 

lunes, 18 de enero de 2021

Y comieron perdices

 


Siempre fue una gran cuestión: ¿qué hay después de "Y comieron perdices"?


Un príncipe azul llega a su palacio enfadado, insultando e incluso golpeando a su amada princesa.


¿Pero el "juro amarla siempre"?


No lo niego, pero su ignorancia al creerse superior a ella podrá más que el "amarla para siempre". Ya no luchará contra dragones por su amada. Ahora ella ve que el príncipe azul es, en realidad, peor que el dragón.


Cuando pida ayuda a las mujeres del reino, le dirán, basándose en su experiencia de dolor o en lo que otras les "aconsejaron por su bien":


"Aguántalo, él es tu príncipe azul", o el descaro de "ya cambiará", aunque sea para mal, seguramente.


Como Min, la emperatriz, que vio en carne propia qué hay después de "comieron perdices". Eso no lo ponen en los cuentos de hadas, porque seguro los relatos no triunfarían y las niñas no desearían ser princesas.


Cito a Camus en su libro "La Caída": "Él mató a su mujer porque la envidiaba; la veía perfecta en todo".


Y usted me pregunta: "¿por qué no se divorció y punto?" Pues ese hombre, cuanto más la humillaba, más perfecta la veía; más mujeres tenía y más quería estar con ella. Hasta matarla. La gente solo le dijo "loco". Amigo mío, ese hombre no está loco; hay una diferencia entre un loco y un hombre.


Si eso significa ser un príncipe azul o un hombre...


¡Mejor un dragón o un loco quiero ser!