Juana ve sin ver nada. Piensa, con una risa paranoica, que Felipe duerme y que pronto se despertará para decirle “Loca”, su palabra favorita para insultarla. Ella lo amó tanto que decidió declararse loca por él. Su amor era tan fuerte que la cegó, como aquel día en que su madre, Isabel de Castilla, falleció y su padre, Fernando, lloraba sobre el cuerpo de su amada. En lugar de lamentar la muerte de la reina madre, ella corrió a buscar a su amado Felipe para darle la noticia de que eran reyes. Su rostro, lleno de alegría y sonrisas, se desvaneció al verlo en brazos de otra. Su entusiasmo se esfumó, así como el amor de Felipe por ella cuando nacía Leonor: “Yo quería un hombre”, decía él; “Yo quería tu amor”, contestaba ella. Felipe le gritó “loca” en esa conversación, su insulto favorito.
Juana es llamada por su padre: “Mi hija es sagrada para mí y para Isabel”. Entre lágrimas, corre bajo la lluvia, grita y sonríe. La loca no sabe que es la realidad. Él no me engaña, mi madre no está muerta y estoy en Flandes, con esos bonitos vestidos coloridos que en Castilla jamás podría utilizar. Bailaré con él, Felipe me ama, él me amará solo a mí… ¡si me declaro loca!
Juana pronuncia esas palabras en forma de rima. Toma la mano del hermoso y le dice: “Felipe, despiértate, que tu Juana la loca te espera. Quiere ser tuya, tu puta, tu amada, tu hembra, la madre de tus hijos, tu loca. Despierta, que todo son paranoias de Juana la loca y son locuras mías”.
Al ver que Felipe no responde, comienza a gritar entre lágrimas y risas, moviendo la cabeza en señal de negación: “Estoy loca, estoy loca, estoy loca…”
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