Para: Elizabeth (Beth) Harmon
Te gritaban: “eres la niña más fea de la historia, tu nariz es fea, tu cara es fea, tu piel parece lija, eres una zorra, eres basura blanca”. Con silencio afirmabas, reconociendo tu respuesta, que era la misma que yo ofrecía al mundo cuando me insultaban.
Sin embargo, en medio de las lágrimas y los demonios que habitaban en tu mente, necesitabas algo para escapar de tu “verdad”. Un tablero, con sus dieciséis piezas, se convertía en tu mejor aliado contra “las razones” del mundo. Era un lugar donde podías mover tus piezas, donde podías transformar tu realidad, y los demonios se sometían a tu merced según el desarrollo del juego. ¡“La piel de lija” se sentía a gusto! ¡Valiosa!
Un genio en el que la gente no miraba ni insultaba a “la basura blanca”, sino que glorificaba a una chica que superaba a los mejores. Tus demonios, que te incitaban a recurrir a “pastillas mágicas” y al alcohol, no lograban detenerte. Aun en medio del caos y del placer que todo eso proporcionaba, tu mente seguía buscando más movimientos, nuevas jugadas. Tu mente continuaba jugando al ajedrez, queriendo escapar de ti.
El mundo se rindió ante “la niña más fea de la historia”, donde jóvenes y no tan jóvenes te pedían autógrafos o se declaraban tus admiradores, asegurando amarte aun con “nariz y cara feas”.
Pero la mejor jugada y la gloria que le otorgo a la “zorra” es cuando se reconcilió consigo misma. Sé que no es fácil, y no es solo cuestión de decirse “te amo” todos los días; no todo cambia de inmediato. Es un proceso de altibajos, en el que habrá días que parecerán el fin, pero no siempre llueve eternamente. Un abrazo nunca viene mal, y es el momento en que Beth dice: “me llamo Beth y soy un ser humano”.
Posdata: lo sé, cariño, a veces los mejores amigos o los peores enemigos son nuestros demonios internos, porque nos conocen mejor que las personas reales.

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